El Judas, una ceremonia de iniciación.

El Judas es, en la actualidad, es una de las fiestas de jóvenes, y no tan jóvenes, más "sonadas" y con más arraigo en Somontín.

Cada año, los jóvenes y las jóvenes de 17 años, están encargados de organizar el Judas. Son los quintos y las quintas.

Con la ayuda, material y económica de los familiares y amigos, preparan durante semanas los albardines y reviejos que han de servir para vestir los pinos que el Sábado Santo se bajarán de la Sierra. También encargan los cohetes y tracas, cada año más, a los pirotécnicos de los pueblos vecinos, normalmente en Suflí, donde hay una larga tradición en este oficio.

También se hace acopio de coches abandonados y otros utensilios que permitan "decorar" las calles del pueblo.

El Sábado Santo, en medio de una excursión multitudinaria a la Fuente de los Haces, se eligen los árboles a cortar, normalmente dos pinos, largos, derechos y no demasiado gruesos, que se bajarán en el hombro hasta el pueblo. Después de comer, y beber, se organiza la bajada, en sana competencia de un palo con otro, en la que cierto grado de intoxicación etílica ayuda a anestesiar el hombro que soporta el peso de la carga. Son cuatro kilómetros de fiesta, en la que todos colaboran para llegar al destino deseado.

El lugar de reunión está en el que era el Barranco de Triana, ahora canalizado y convertido en parque y explanada. Durante la noche del Sábado al Domingo se ultiman los detalles para que todo salga bien.

Se interrumpen los preparativos unos minutos antes de las doce de la noche para ir a la puerta de la iglesia y, rodeándola de traca y con abundancia de cohetes rabotes, celebrar sonoramente la Resurrección.

De vuelta a Triana, con el Marín como experto artificiero, se preparan los palos con las tracas, cohetes, y alguna que otra sorpresa, y se plantan en el suelo, como si hubiesen crecido allí.

Durante toda la noche, unos años más que otros, los quintos se pasean por las calles del pueblo encargándose de que su vigilia sea compartida por los todos somontineros. Para ello se sirven de cohetes rabotes que, a altas horas de la madrugada, retumban por las estrechas calles del pueblo.

Al amanecer ya están instaladas las aduanas que barran el paso al barrio de Triana, con el objetivo de que todo el que quiera ver el Judas tenga que colaborar "voluntariamente" con los organizadores del mismo. Nunca se cubren gastos.

Después de misa, a eso de la una del medio día, todo el pueblo busca un buen sitio en el muro de Triana para ver como se quema el Judas.

Con la ayuda del Marín, que hasta el final sigue siendo el maestro de ceremonias, el sacerdote que ha celebrado la Semana Santa prende la mecha que inicia la traca y con ello la quema del Judas.

Unos muñecos, bien rellenos de pólvora, suelen iniciar el espectáculo, acabando con la explosión que, para conseguir el aplauso general, ha de cortar la copa de cada uno de los palos.

Ahora es así, aunque no siempre las cosas han sido como las hemos contado:

Con sus diferencias, lógicas algunas de ellas otras menos deseables, el Judas se mantiene, año tras año, como una fuerte tradición en Somontín.

Aunque no conocemos, al menos todavía, el origen de esta fiesta, ni si es autóctona o la hemos importado de otro sitio, desde el punto de vista antropológico, esta tradición coincide con otras muchas extendidas por otras culturas y otros lugares del mundo.

Se trata de una ceremonia pagana de iniciación, en la que los jóvenes de la comunidad dan el paso de niños a hombres. Para ello prueban su fuerza y su valor y plantando en el suelo el árbol más grande que han encontrado, un símbolo claramente fálico, en el que el tamaño es uno de los factores determinantes. Tampoco la época en que se realiza es casual, el equinoccio de primavera, momento mágico en el que los días y las noches son iguales y a partir del cual la luz, el día, empieza a ganar a la oscuridad, la noche.

Posiblemente la utilización de explosivos está relacionada con el uso local de los mismos en las minas y esto ha podido ser una aportación "tardía".

La inteligente incorporación de los ritos y las ceremonias paganas por parte de la Iglesia a sus celebraciones religiosas ha integrado esta fiesta en la Semana Santa convirtiéndola en la derrota del traidor, Judas, que expía su culpa siendo quemado ante el pueblo.

Puede que se trate sólo de coincidencias y esta fiesta naciese así, tal cual, sin más interpretaciones ni simbología oculta. Al final poco importa. No obstante, un pueblo pequeño como el nuestro tiene que cuidar estas tradiciones y potenciarlas como una de sus componentes culturales propias para que siga grabándose en el recuerdo de niños y grandes año tras año.